Leer Gomorra es adentrarte en un mundo subterráneo que parece ideado por alguno de los mejores guionistas de cine. Varias historias con el factor común de la Camorra basadas, sin embargo, en la más cruda, al igual que desconocida y oscura, realidad.
La mayoría de las veces no hace falta inventarse nada, ni usar personajes fantásticos de otras épocas, para escribir una buena obra. Basta con poner la lupa sobre un punto de la realidad. Los hechos siempre superan a lo que cualquiera de nosotros se puede llegar a imaginar. Y el libro de Saviano, es un perfecto ejemplo de ello. El autor de origen napoletano se adentra hasta lo más hondo de la mafia de la Campania, esa que se asienta en los desolados y grises suburbios y pueblos de las afuera de la gran Napoli, mientras controla gran parte de la economía italiana y europea.
Trabajos de tal calidad periodística como el de Saviano son de los que adolecen los medios de comunicación hoy en día. Y precisamente esto, junto a otros factores como el económico, sea una de las causas de la honda crisis de identidad del periodismo.
En el periodismo hoy prima el sensacionalismo sobre la verdad, el markéting y las ventas sobre las buenas historias ocultas bajo esa montaña de intereses. Por una parte es lógico. Sin ventas no hay ingresos, y sin ingresos el medio es inviable. Pero, ¿dónde queda la esencia del periodismo?
En esa búsqueda de acaparar la máxima atención importan la magnitud de la noticia y la inmediatez. Como consecuencia, los textos pierden profundidad y perspectiva, y los datos numéricos, a veces irrelevantes y otras veces totalmente descontextualizados, adquieren máxima importancia al ser lo primero en lo que se fija el lector, a golpe de vista. La calidad periodística, por tanto, va en descenso. En esa búsqueda constante de la máxima actualidad, noticias de gran relevancia quedan eclipsadas por otras menores pero que acaban de salir a la luz. Y que en el periodismo prime tanto la actualidad sobre la relevancia parece peligroso.
Este tipo de periodismo que predomina hoy, al que se puede denominar "periodismo de masas", ya que es a la masa a quien va dirigido, permite ocultar fácilmente hechos que sí tienen una importancia capital para la sociedad. Ni a los gobiernos, ni a los propio medios de comunicación les interesa que salgan a la luz muchas de esas noticias. Ni siquiera a los propios lectores, que mayoritariamente, y por desgracia, prefieren leer solo aquello que quieren leer, y que en cierta manera, les deja buen sabor de boca tras "informarse". La proliferación del periodismo "con bufanda", tanto generalista (político) como deportivo, con inclinaciones tan fuertes hacia unos u otros sectores es el mejor ejemplo.
Resultado: Queda un halo de cierta, por no decir casi total ocultación de ciertas noticias. Se viene a la cabeza la revolución de los mineros en Asturias. Se podrá estar más o menos de acuerdo con ellos, pero que esta noticia de máxima relevancia apenas haya acaparado una portada, y además sensacionalista, es preocupante. O que en algún telediario haya tenido más minutos un certamen de cocina que los mineros asturianos.
También quedan en semioscuridad otras noticias que fueron actualidad y ocuparon numerosos programas y líneas en su día. El desastre de Haití, los piratas en Somalia, hambrunas en África... Sin embargo ya no son noticia. No son rabiosa actualidad. A pesar de que las cosas en esas zonas van igual o peor que entonces, ya no interesa que tengan difusión.
Así, el periodismo adolece cada vez más de una cierta omertà, un silencio interesado como el que tenían, y todavía tienen, algunos sectores de la sociedad y los medios de comunicación italianos respecto a la Camorra. Del mismo modo, los medios de comunicación filtran solo la información que les interesa, les viene bien y no les perjudica.
El resto, no interesa. Silencio. Omertà.
martes, 3 de julio de 2012
martes, 26 de junio de 2012
No entiendo
No entiendo los sueños. No entiendo esa fina línea que separa la realidad de la ficción. No entiendo por qué las mejores ideas vienen siempre en la cama, justo cuando vas a cerrar los ojos. No entiendo por qué no tenía un boli y una libreta en la mesilla para apuntarlas, al menos hasta ayer.
No entiendo la ignorancia, y menos la gente que presume de ella. Como aquel que pregona orgulloso a las cuatro vientos que jamás ha tocado un libro. No entiendo por qué la masa tiene tanto poder. De hecho tampoco entiendo las grandes aglomeraciones de gente. Me agobian. Igual eso es lo que pretenden. No entiendo los nacionalismos. Ni el patrioterismo o chauvinismo. No entiendo por qué hay que sentirse identificado con una nación, por qué miran raro al que no lo está. Como tampoco entiendo que se llame facha a todo aquel que porta una bandera bicolor sin el aguilucho. No entiendo los extremos, unos extremos que casi siempre se tocan.
No entiendo a esos que llevan gafas sin graduar. Menos si encima son gafapastas. No entiendo la hipocresía. Ni esos tweets que denuncian las desigualdades sociales vía iPhone. No entiendo a los pesimistas, ni a esos bordes sin sentido del humor, que parece que llevan su nube lluviosa particular siempre encima. Sonríe a la vida. No entiendo lo de ser egoista y poder convivir todavía contigo mismo. Tampoco entiendo los jerseys color butano, ni los pantalones pirata a media pantorrilla, pero esa es otra historia.
No entiendo a esos que viven enganchados al Whatsapp, quizás porque no tengo. Aunque sí tengo Twitter y estoy enganchado. No entiendo a los que van escuchando música por la calle, con lo bonito que es escuchar y diferenciar los sonidos de la ciudad. No entiendo las portadas en que la foto cobra más importancia que los titulares. Eso es sensacionalismo. No entiendo ese periodismo en el que el referente es Tomás Roncero y no Enric González. O Truman Capote. No entiendo por qué me quiero meter en este mundillo, pero me atrae demasiado. Como tampoco entiendo nada de muchas de las asignaturas de mi carrera, pero saco notables.
No entiendo qué me quiere decir Dios. Falla la cobertura allá arriba, necesito alguien más cercano. Tampoco entiendo al que confía en la suerte. Siempre he sido más de confiar en mí mismo. No entiendo qué hace ese personaje en la Moncloa, a dónde nos lleva, qué pretende hacer con nosotros. Tampoco entiendo por qué Merkel celebra así los goles contra Grecia. No entiendo este sistema capitalista, no porque no conozca en qué consiste, sino porque no me cabe en la cabeza un sistema tan retorcido y simple a la vez en el que siempre salen perjudicados los de siempre.
No entiendo por qué esa chica sonríe cuando la miro. O por qué no lo hace. No entiendo que no entiendas. No entiendo por qué no entiendo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
